jueves, 10 de marzo de 2016

El valor de las palabras

Al salir del trabajo comparto acera con dos jovencitas de alrededor de 14 años y otra más pequeña, a la que acaban de recoger del colegio, de unos diez. Al acercar mis pasos a ellas escucho su conversación. ¿Dónde se habrá metido esa guarra? —dice la más alta. Yo alzo las cejas y cambio la expresión de mi cara. ¡Vaya boca! —pienso. A continuación la niña de diez años gasta una broma a la más alta que la hace tropezar, así que ésta le lanza un ¡gilipollas! a la más pequeña y la más pequeña ni corta ni perezosa le atiza con un ¡te jodes! En ese instante aparece la guarra que con aires de comerse el mundo les dice a sus amigas: ¿Sabéis a quién coño me he encontrado? ¡Al hijo puta! La amiga más baja no recuerdo si intervino en esta conversación tan elocuente así que la dejaré en un segundo plano más que agradecido.

Guarra, gilipollas, jodes, coño, puta. En una conversación de diecinueve palabras, y dejando a un lado a los verbos que dentro de la oración son los que parten la pana, deslumbran el adverbio y pronombre interrogativos  “dónde” y “quién”, el demostrativo “esa” que tan bien empleado acompaña a guarra en esa pregunta,  “te” y  “me” adorables pronombres, la preposición “a” tan pequeñita y simpática y para colmo del buen gusto gramatical la contracción “al”. Sin esas pequeñas palabras que a veces son eclipsadas por otras como verbos y sustantivos la conversación habría estado totalmente carente de sentido a la vez que hubiera parecido una lluvia de insultos más que una típica conversación entre amigas.

Aunque muchos me dirán que en los tiempos que corren no debería impresionarme con ciertas palabras (o, mejor dicho, con la cantidad de ciertas palabras), la verdad no ha sido esa. Además me sorprendía todavía más que hablaran en voz alta y sin mirar a un lado y a otro por si alguien las escuchaba. Les daba igual. Creo que tienen ese vocabulario tan adquirido que para ellas era totalmente normal. La rara en esa acera, indiscutiblemente, era yo.


Y sin llegar a extremismos ni a estirar tanto la lengua que llegue a convertirse en ridículo utilizar continuamente y en exceso, por ejemplo, niños y niñas, chicos y chicas, miembros y “miembras”… creo que el lenguaje sí es importante. Las palabras empleadas nos definen no sólo individualmente sino como sociedad, como grupo de personas que usan un mismo idioma. El lenguaje puede castigar, reprimir, puede hacer caer en el olvido,  desvalorizar, también puede convencer, engañar, seducir, amar… con el lenguaje se puede aprender a hacer todo. El lenguaje debe estar al servicio de sus hablantes y del momento en el que vivimos y dejando de lado ciertas propuestas que sólo sirven para golpear a la lengua, creo que a cada palabra se le debe dar su valor como a cada persona, hombre o mujer.  


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