martes, 1 de noviembre de 2016

La zona latente

¿Qué hacía yo en aquel lugar inhóspito? ¿Por qué había despertado en semejante paraje? No tenía ni idea de donde me encontraba ni como había llegado hasta allí; una espesa nieve cubría el paisaje de árboles de copas altas, impertérritos y agónicos. No recordaba nada del día anterior ni, puesto a pensar, nada de mi pasado, de quién era ni de qué vida tenía antes de abrir los ojos. Una sensación de ahogo me inundó el pecho y el miedo me congeló los músculos, incapaces de realizar movimiento alguno. Pasados unos minutos conseguí articular algunos pasos y alcancé a ver a lo lejos una noria abandonada, paralizada, con sus sillones amarillos y desvencijados. Alrededor se esparcían los coches de un parque de atracciones, destrozados, abandonados. Naturaleza muerta en una escena que parecía estancada en algún recuerdo de un pasado catastrófico y olvidado.

Entonces los vi. Una manada de lobos se acercaba sigilosa, sin querer romper con su marcha la atmósfera silente del entorno. Eran los primeros seres que encontraba y, para mi sorpresa, no sentí el temor normal de cualquiera ante esta situación. Estaba tranquilo con la presencia de los cánidos. Al bajar la mirada contemplé mis pies. No lo eran, eran patas... y me uní a ellos.

En el avance de la jauría pude descifrar las letras de un cartel tirado y oxidado próximo a una valla. Quizá era el nombre del lugar, de ésta la que ahora empezaba a recordaba como mi tierra. Chernobyl rezaba.


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