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Eucalyptus

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  Ya no es lo mismo, pero mañana tampoco lo será. No será lo mismo mirar por la ventana y no ver el eucalipto, ese inmenso árbol al fondo que acaparaba toda la visión, cuyas ramas en los días de viento se movían al compás ejecutando, quizás, una danza ancestral, ese árbol del que sienten envidia las palmeras que a su lado lo miran, seguramente, de soslayo. Es, pues, inevitable, al sentarme detrás de mi mesa y mi ordenador donde escribo, mirar por la ventana. Nunca nada ha tenido tanto protagonismo como ese árbol, ni tan siquiera cuando el edificio que tiene detrás — la Casa de la Cultura — vistió su fachada de un azul intenso ¿recordáis?, y no porque yo sea una amante de los árboles, que también podría ser, sino porque le pasaría a cualquiera, es algo hipnótico. Árbol como naturaleza hipnótica.   Hace unas semanas le cortaron todas sus ramas y ahora, el pobre, parece un ser mutilado, desprendido de todas las partes que le dotaban de movimiento, de esas extremidades que a ojo...

Agua

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  Agua 1: Pozo Yo sé que te adentras en la tierra, raíz entera, de mi casa y mis purezas. Y te bebo y me acaricias y acicalas cada paño, cada tela que te ofrezco. Y te busco, cada día, como el pájaro al gusano para dárselo a su cría. Eres agua. Y te tengo y no tengo. Agua 2: Grifo Una gota, otra gota y otra gota más. La tercera tan afín a la segunda y la segunda tan igual a la primera que me cuesta replicar. Sólo escucho el ligero suspirar, al caer en la pileta y escurrirse serpentina y colarse por el roto. Así sin más. Agua 3: Mar Nado a brazadas conscientes y verdes, nado a embestidas entre algas y peces y siento, a veces, que engendro latidos sin suerte. Entre mis piernas se arremolina un abismo de corrientes, una piedra sin nombre, un barco con gente. Sumerjo la cabeza y cuento hasta diez. Y nado, ahora más rápido, para llegar a la orilla y encontrarme otra vez.     Agua 4: Río Serpentea este río de mi vida, dibujando curva a curva recorridos conseg...

El ojo tras la mirilla

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  La mujer besugo perdió su ojo de cristal. Recorría las calles del pueblo como loca, los pelos enmarañados sobre la cara, la cuenca vacía, la piel pegajosa, húmeda de sudor, los ¡ay! que se le desbordaban de la boca. Nadie ayudó a la mujer besugo, nadie sabía donde estaba su pequeño ojo artificial. Quizás si hubiera buscado más cerca, si no hubiera salido de casa acostumbrada como estaba a esconderse, a evitar las miradas y los cuchicheos, a pasar las horas muertas tras la mirilla, incrustando el ojo en el frío hierro de la puerta, su suerte habría sido otra.                                                    Microrrelato inspirado en el libro La nostalgia de la Mujer Anfibio de Cristina Sánchez-Andrade.

Papinta

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Arriba del escenario se deleita con su propio movimiento y danza alternando su peso entre un pie y el otro. Los huesos de su cadera, que equilibran la composición, son la quilla del barco que navega y se agita y lucha con las olas. Pero no es el agua sino las llamas las que crepitan de su vestido, simples trozos de seda sostenidos en varitas, que invitan al espectador a dejarse llevar por un sueño de luces, calidoscopio de imágenes de colores vibrantes. Sus brazos ondean en el aire y se transforma en mariposa y rosa y ángel y ave y tornado. Es bailarina. Y es perfecta. Pero cuando termina el espectáculo, el sudor la atrapa como cera viscosa o como tierra regada y compacta y siente el ahogo del cansancio, el resentimiento en las plantas de unos pies que anduvieron por suelos de vidrio, el susurro de un tiempo en el que ella está de prestado, en el que ella está adelantada. Y quizás ya haya abierto caminos suficientes, porque ella es tan solo una bailarina, una llama sobre la tabla. Y ap...

Cuerpos extraños

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A la mitad del polo de limón encontré algo extraño. Lo cogí con repulsión entre los dientes y lo escupí sobre la mesa. Agaché la cabeza, entorné los ojos para mirar con mayor precisión y crucé los dedos esperando que fuera una pepita de limón. Con perplejidad vi que era una uña de gato. Dentro del congelador, Misi, seguía haciendo de las suyas. 

Ya no quedan flores

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Cuando éramos pequeñas, mi hermana Diana y yo, disfrutábamos todas las tardes jugando en la Calle del Teatro. Ese no era el nombre real de la calle, llevaba el de algún general o de alguien que había sido muy importante, pero todo el mundo la conocía así, ya que en ella se levantaba un edificio con fachada de piedra que albergaba un majestuoso teatro, orgullo de la ciudad y la envidia de toda la comarca. En él se representaban obras con afamadas figuras, se llevaban a cabo actuaciones musicales como operas, zarzuelas y hasta concursos de coros locales. A su lado, pared con pared, había una sala de cine con dos pases cada día: en uno comías pipas Carancha , en el otro el bocadillo de la cena. Recuerdo como nos sentábamos en el bordillo de la acera del cine para admirar los carteles de las películas que se estaban proyectando esos días. Jugábamos a imaginar las historias que se escondían detrás de las fotografías y de los títulos, y las horas se pasaban casi en un suspiro. Nosotras, en...

El verde en las horas

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Como campo bañado en la luna de plata y frescor de rocío, así te imagino en la noche, misterio, azabache, río. El verde en las horas, las manos, tus ojos, los cuerpos que besan y el agua se escucha, se bebe, se siente el rumor de un volcán. Y en el día no quedan palabras, no hay voces ni verde canción. Volveré a soñarte de noche el campo, la fresa, el limón. Berthe Morisot