Hombres (no todos, pero siempre)
Desde
hace veinte años pertenezco a un gremio fuertemente feminizado en el que las
mujeres representan aproximadamente el 67% del total del profesorado, si bien
es en infantil y primaria donde este porcentaje es más significativo con un
97,8% y un 82,2% respectivamente. Además, aunque históricamente los puestos de
liderazgo en la educación no universitaria estaban ocupados por hombres, esta
tendencia se ha revertido por completo y, actualmente, las mujeres ocupan cerca
del 68% de las direcciones de los centros públicos no universitarios, así como
la mayoría de las jefaturas de estudio y secretarías. Pero no voy a hablar de
educación, que daría para mucho. Esta introducción simplemente me sirve para,
desde un contexto educativo general en el que las mujeres representan una mayoría
clara, escribir sobre lo cotidiano, el día a día, lo pequeño, aquello que en la
mayoría de los casos pasa desapercibido.
Hace
unos cuantos meses, en una reunión de claustro en mi centro, un compañero M1 (yes,
a man) estaba en el uso de la palabra argumentando con un tono de indignación
las carencias o problemas que, en esos momentos, según su parecer, tenía el
centro (aunque, puedo decir, que eran carencias o problemas de siempre).
Su nivel de indignación se incrementó cuando relató cómo su compañero M2 (yes,
another man) tuvo que coger una escoba y proceder a barrer el patio debido a la
suciedad del mismo. Dijo algo así como que la imagen de ver a su compañero
barriendo el patio era vergonzoso, pues a él no le correspondía realizar esa
tarea. Y, sí, yo opino lo mismo que M1, a las maestras y maestros no nos
corresponde limpiar los patios, pero reconozco que este no fue el primer
pensamiento que se me cruzó por la cabeza cuando escuche el comentario. Por el
contrario, me vinieron a la mente en forma de flashes las imágenes de
compañeras (yes, women, only women), limpiando patios, esparciendo charcos a
primerísima hora de la mañana después de una noche de lluvia para que se secaran
a tiempo del recreo, limpiando “de obra” la nueva biblioteca durante el primer
mes del curso y tantas y tantas tareas que no entran dentro de nuestras
funciones. Y, claro, es lo mismo, sí, da igual que fuera M2 que fueran
compañeras, no nos corresponde esa tarea tanto si somos maestros como si somos
maestras, pero para mí no pasó desapercibido el hecho de que un hombre se había
indignado por algo que vio inapropiado que hiciera otro hombre, es decir, el
ejemplo para su argumento lo vio en otro hombre y no en una compañera, que
simplemente por proporción hubiera sido más fácil nombrar (en mi centro de 68
personas, 10 son hombres). Un hombre dando visibilidad a otro hombre.
En
este punto de mi escrito, creo necesario volver a recordar al lector o lectora
que no encontrará aquí grandes acontecimientos ni reivindicaciones, pues siempre
he pensado que escribir desde la anécdota, lo sencillo y familiar, puede ser
más llamativo que hacerlo desde la grandeza y, si no es así, al menos creo que
sirve para visibilizar las insignificancias del día a día que sumadas una tras
otra —como pequeñas gotas de lluvia— conforman la realidad —a veces, tormenta— en
la que vivimos.
Así
pues, paso a relatar otra insignificante anécdota. Hace una semana la directora
de mi centro comunicó al claustro que en unos días acudiría a una reunión con cargos
superiores y nos animaba a trasladarle aquellas dificultades que veíamos en
nuestro centro con el fin de que ella lo trasmitiera en Consellería. Varias
personas aportaron sus pareceres. Entonces, M3 (yes, a man, another man),
escribía: «climatización de las aulas, me parece súper importante, impacta
mucho entrar a clase de M4 y verlo sudando». Creo que a M4 (yes, a man, another
man) no le hizo mucha gracia que M3 lo nombrara en estas disposiciones, pero el
caso es que lo hizo. Y, entonces, ipso facto, me vinieron a la mente en
forma de flashes las imágenes de mí misma sudando durante veinte años —no he
tenido en todo este tiempo la suerte de tener una clase con aire acondicionado—
desde la raíz del cuero cabelludo que ya pinta canas, pasando por los
sobaquillos y llegando hasta el mismísimo co*o (yes, a women). Y, sí, claro, M4
también tiene derecho a sudar y a que otro hombre (recuerdo que M3 dice que
quedó IMPACTADO con la imagen de M4 sudando) reivindique por él la necesidad de
aire acondicionado, pero volvemos a lo mismo, un hombre dando visibilidad a
otro hombre, en un contexto ampliamente femenino. Y, puedo rizar más el rizo,
pues este mismo M3 (yes, a man, another man) hace un par de
días hacía alusión a la situación de huelga indefinida en la que estamos actualmente,
y aquí sí buscó un ejemplo femenino para ilustrar sus argumentos, pero, oh, joséluis,
no lo hizo para dar voz, reivindicar algo o visibilizar una situación injusta,
sino todo lo contrario, para, de algún modo, recriminar la manera de proceder
de la compañera.
Supongo
que estas dos insignificantes anécdotas me han impactado ahora (como a M3 los
sudores de M4) porque me han hecho recordar comentarios de hace tiempo atrás
del tipo «esta clase es difícil, mejor que se la coja como tutor un hombre»,
confiando en que la autoridad que ese alumnado necesitaba solo se vería
reflejada en la figura masculina. Aunque, si lo pienso fríamente, este ideario machista
sigue existiendo a día de hoy en nuestras escuelas, al igual que muchas otras
situaciones que pasan indiferentemente por delante de nuestros ojos y que nos
hemos acostumbrado a minimizar o a no hacer caso. Así pues, circunstancias
como estas o muy parecidas, que cualquier grupo de mujeres sea cual sea su
trabajo está acostumbrada a vivir, las hemos normalizado.
Y yo, en este hartazgo y desahogo por medio de la palabra, me planto. Porque estoy harta de escucharos, aportáis poco o nada y sobre todo aburrís muchísimo. Y no me refiero en exclusiva a mis compañeros, me refiero a todo ese grupo de hombres del Not all men (porque sí, no todos los hombres, pero siempre un hombre). Tras siglos de historia en los que no habéis callado ni un segundo, creo que es hora de que os deis un puntito en la boca. Y en este exterminio de la palabra masculina [y soporíferamente aburrida], salvaré presa de mi absoluta bondad solo a dos por gremio como aquella vez hizo alguien M5—dos de cada especie meterás en el arca— por mandato de otro alguien M6: y así, solo escucharé a dos compañeros, leeré a dos escritores (sí, J.O., es uno), a dos historiadores, a dos políticos… bueno, de estos últimos mejor a ninguno, pues o hablan mucho o no lo hacen cuando deberían. Y solo escucharé, leeré y atenderé a la voz de las mujeres porque creo que nos merecemos un matriarcado. Y, ya sé, esto último que digo es políticamente incorrecto, queda mal, sí, muy feo. ¿Acaso soy una feminazi dedicada en cuerpo y alma a destruir al género masculino? No, claro que no. Pero tampoco soy alguien importante, así que esta insignificante mujer se puede permitir el lujo (sí, si lo piensas es un lujo) de decir lo que le salga del perimetrio. Y quien esté en peldaños más altos de poder y de responsabilidad de esta escalera llamada sociedad que sea consecuente y hable con propiedad, equidad, moralidad o con cualquier otra palabra terminada en -dad. Yo no (yes, a women).
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