Existen personajes que nos inquietan, que nos transmiten un sentimiento de rechazo o quizás de incomprensión por no formar parte de nuestra cultura. Son personajes con los que no hemos crecido, de los que no sabemos nada, si vienen de un cuento, de un dibujo de la televisión o si son producto de las historias transmitidas de boca en boca por abuelitas. No sabemos identificar a simple vista si son buenos o malos (importantísimo en cualquier cuento), simpáticos o detestables, si logran hacer cosas importantes o son simples segundones en la historia. Pero llega un día en el que este personaje se cuela en casa e intentas buscar en un rincón de tu memoria cualquier dato que te haga reconocerlo y ponerle nombre. Para mí este es el caso de Humpty Dumpty, un señor huevo con traje, zapatos y aire elegante, en algunos casos incluso con pajarita o corbata, cinturón, sombrero y tal vez hasta sosteniendo un puro… pero ¡sin dejar de ser un huevo! Este personaje, como he dicho llamado Humpty...
Desde hace veinte años pertenezco a un gremio fuertemente feminizado en el que las mujeres representan aproximadamente el 67% del total del profesorado, si bien es en infantil y primaria donde este porcentaje es más significativo con un 97,8% y un 82,2% respectivamente. Además, aunque históricamente los puestos de liderazgo en la educación no universitaria estaban ocupados por hombres, esta tendencia se ha revertido por completo y, actualmente, las mujeres ocupan cerca del 68% de las direcciones de los centros públicos no universitarios, así como la mayoría de las jefaturas de estudio y secretarías. Pero no voy a hablar de educación, que daría para mucho. Esta introducción simplemente me sirve para, desde un contexto educativo general en el que las mujeres representan una mayoría clara, escribir sobre lo cotidiano, el día a día, lo pequeño, aquello que en la mayoría de los casos pasa desapercibido. Hace unos cuantos meses, en una reunión de claustro en mi centro, un compañero M1 ...
«En los confines de una pequeña ciudad sueca había un viejo jardín abandonado. En el jardín había una vieja casa, y allí vivía Pippi Calzaslargas. Tenía nueve años y vivía completamente sola. No tenía padre ni madre, lo cual era una ventaja, pues así nadie la mandaba a la cama precisamente cuando más estaba divirtiéndose, ni la obligaba a tomar aceite de hígado de bacalao cuando le apetecían caramelos de menta». Así comienza la historia de Pippi Calzaslargas de la escritora sueca Astrid Lindgren publicada en 1945, sobre una niña independiente y autónoma, obra que fue censurada en España durante el franquismo por considerar a la pequeña demasiado impertinente y antipedagógica . Sin embargo, el personaje de Pippi Langstrump se convirtió —aunque, quizás, esa no fue la intención de su creadora— en un icono feminista pues a partir de entonces existía una protagonista que no tenía que esperar indefensa a que la besara un príncipe ni renunciar a algo tan preciado como la voz para con...
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