Existen personajes que nos inquietan, que nos transmiten un sentimiento de rechazo o quizás de incomprensión por no formar parte de nuestra cultura. Son personajes con los que no hemos crecido, de los que no sabemos nada, si vienen de un cuento, de un dibujo de la televisión o si son producto de las historias transmitidas de boca en boca por abuelitas. No sabemos identificar a simple vista si son buenos o malos (importantísimo en cualquier cuento), simpáticos o detestables, si logran hacer cosas importantes o son simples segundones en la historia. Pero llega un día en el que este personaje se cuela en casa e intentas buscar en un rincón de tu memoria cualquier dato que te haga reconocerlo y ponerle nombre. Para mí este es el caso de Humpty Dumpty, un señor huevo con traje, zapatos y aire elegante, en algunos casos incluso con pajarita o corbata, cinturón, sombrero y tal vez hasta sosteniendo un puro… pero ¡sin dejar de ser un huevo! Este personaje, como he dicho llamado Humpty...
«En los confines de una pequeña ciudad sueca había un viejo jardín abandonado. En el jardín había una vieja casa, y allí vivía Pippi Calzaslargas. Tenía nueve años y vivía completamente sola. No tenía padre ni madre, lo cual era una ventaja, pues así nadie la mandaba a la cama precisamente cuando más estaba divirtiéndose, ni la obligaba a tomar aceite de hígado de bacalao cuando le apetecían caramelos de menta». Así comienza la historia de Pippi Calzaslargas de la escritora sueca Astrid Lindgren publicada en 1945, sobre una niña independiente y autónoma, obra que fue censurada en España durante el franquismo por considerar a la pequeña demasiado impertinente y antipedagógica . Sin embargo, el personaje de Pippi Langstrump se convirtió —aunque, quizás, esa no fue la intención de su creadora— en un icono feminista pues a partir de entonces existía una protagonista que no tenía que esperar indefensa a que la besara un príncipe ni renunciar a algo tan preciado como la voz para con...
Hace unos días surgió la polémica sobre la prohibición que un instituto, por decisión de su Consejo Escolar, había hecho sobre la vestimenta de algunas alumnas que llevaban shorts demasiado cortos para ir a clase. El debate estaba servido y allá donde se publicara la noticia surgían decenas de opiniones sobre el tema y, en su mayoría, o las que yo he tenido ocasión de leer, aplaudían la decisión tomada por este instituto abogando por la importancia de enseñar a las jóvenes cómo hay que vestir en cada ocasión porque, además, se les estaba haciendo un favor, puesto que en un futuro cercano, cuando se presentaran para cubrir un puesto de trabajo no podrían ir de cualquier manera, deberían respetar las reglas establecidas del buen vestir. Y, así, cuanto antes lo aprendieran, mejor. Reconozco lo controvertido del tema y también creo que hay normas acertadamente establecidas tanto en el vestir como en el saber estar. Si vas a una playa nudista y no te quitas la ropa probablemente pensa...
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